Una pequeña figura delante de la ventana
con las rodillas entre los brazos.
Piel de nieve, pura como su mente.
Boca de carmín, una llamada de pasión;
la única restante en ese corazón de hielo
tan frío y distante que su vestido de nube
de su dulce cadáver huye,
tímidamente...
sus hombros transparentes,
salieron al flote.
Un rayo de sol la acarició,
las cerezas de sus labios,
dichosos y sangrientos;
como una triste felina
buscó un apoyo en el calor
como si de unas manos se tratasen.
Unas miradas de cristal
al crepúsculo alzaron la vista,
Unas pupilas doradas,
que con silencio hablan;
sin querer, esos universos neblinosos
quebraron en gotas de temor, en suplicios.